El turno de Beatriz

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Para quienes vivimos en la vorágine de la ciudad, la espera del turno no es un compañero precisamente amigable. Quizás tú, quien está leyendo, si eres limeño, esperar, te puede evocar aquellas colas interminables del autobús del Metropolitano, aquel número en rojo neón que no llega a visualizarse en la pantalla digital en un banco o por si fuera peor, en un centro de atención de telefonía Movistar. Ciertamente para los citadinos, esperar el turno, no es la situación más querida. Al contrario; huimos de él, cual salvaje enemigo o antipático ex marido.

Sin embargo, a diferencia de la ciudad, en el campo la espera, es casi como una experiencia de meditación celestial. Esperar la cosecha, aguardar el único transporte que pasa una vez al día como de costumbre, permanecer mientras la leña se torna rojiza para cocinar, son parte del ritual.

Beatriz, quien vive en el caserío de Yutto, podría ser considerada según parámetros citadinos, una gurú espiritual. Ella no desespera al caminar. En su caso no son solo minutos, es hora y quince minutos de caminata para llegar a su escuela.

Su camino es árido, no encuentra esos puestos ambulantes para tomar un jugo de naranja o un agua para aplacar la sed del sol de media tarde, a su alrededor son escasas las viviendas y ni pensar en las tiendas, salvo una bodega llegando a su casa. Ella está acostumbrada inclusive a cargar baldes de agua para cocinar cuando escasea en su comunidad. Beatriz no parece renegar de su condición. Siempre es la última al sentarse en la mesa porque ayuda a preparar y servir la comida de sus hermanos. La última en acostarse, porque lava el servicio y asegura las puertas para el descanso familiar. Beatriz es tan resistente a la espera, porque es parte de su rutina habitual.

Contaba la profesora Rosa del Centros Rurales de Formación de Alternancia (CRFA) Kuntur Kallpa en el Cusco, que esa mañana de cielo despejado y frío aire que se respiraba en la sierra cusqueña de Yutto, ella los ubicó en la champita para sentarse en sus coloridas ticllas.

Beatriz, habituada a sentarse detrás de la carpeta que la cubría de los demás compañeros en el aula parecía mirar asustada, descubierta sin carpeta que la respaldara y expuesta a los demás, con la posibilidad de mirar a todos en el círculo como se había dispuesto. Ahora que todos hemos leído el texto ¿A quién le gustaría participar comentando la parte que más le gustó? Comentó la profesora Rosa a todo el salón. El rostro de Beatriz expresaba extrañeza cuando escuchó a lo lejos esa pregunta, como si fuera una voz ajena, como un zumbido extraño y en lengua extranjera, como si ese mensaje no fuese para ella. Varios levantaban la mano para participar, pero Beatriz parecía aún asustada, como intimidada con la situación.

Pasado tres meses y casi doce veces de haber repetido esta supuesta clase de comunicación, que la profesora Rosa llamaba tertulia, la cara de Beatriz parecía más distendida y más cómoda. Ya se había familiarizado para mirarse con sus compañeros cara a cara y escuchar lo que pensaban. Jorge leyó “De quien no te agradezca lo que por él hicieres, cuando tenga poder, nada de él esperes; yo pienso que la gente se vuelve mala cuando tiene poder”. “¿A alguien más le llamó la atención esta parte que Jorge menciona?” – preguntó la profesora Rosa. Y comenta como de pronto una nueva mano se alzó. No era una mano de las que habitualmente se veía en alto para expresar su idea, era aquella mano chispeada por el frío, delicada y a la vez resistente del trabajo doméstico, una nueva mano se alzó para dar su voz. Era Beatriz, quien reaccionó, porque fue la misma frase que a ella le llamó la atención, pero a diferencia de Jorge, ella expresó otra idea. Su voz parecía un susurro, que difícilmente se escuchaba: “A mí me hizo pensar, que en realidad no se debe de esperar que te agradezcan, las cosas se hacen porque uno quiere, no por esperar que te digan gracias” – comentó Beatriz. Y luego parecía tan relajada de hablar que al terminar la tertulia, la profesora Rosa se acercó y le comentó: “Beatriz, ¿Cómo te sentiste al participar hoy?” Y dice que ella respondió: “Con un poco de vergüenza profesora”. La profesora Rosa le dijo: “Lo que comentaste, fue muy interesante, porque Jorge le gustó lo mismo, pero tú lo interpretaste distinto. No tengas vergüenza, poco a poco te acostumbrarás, porque tu opinión es muy valiosa para todos.”

Desde aquella conversación entre ella y Beatriz, la profesora Rosa nos decía que algo había cambiado en la estudiante. No era que solo su mano se había alzado, era también su voz y su opinión. Era como si Beatriz hubiese aprendido de esa experiencia, que si bien hay situaciones o circunstancias que requieren de la espera, que puede ser una virtud cultivada porque es capaz de abnegarse por pensar en los demás, también existen otras ocasiones donde ella puede estar delante, donde se requiere su voz, su opinión, porque así aporta a sus compañeros, a su comunidad y que no debería desaprovechar su turno cuando le tocase hablar.

Este relato que acaban de leer sobre Beatriz, sobre su turno, sobre su voz, no es mitológico. Se encuentra relacionada con lo que he observado acerca de la Tertulia Literaria, que es una de las estrategias pedagógicas que animan al gusto por la lectura y la convivencia desde las aulas y que se viene implementando desde el proyecto de Comunidades de Aprendizaje. Podría existir variadas aproximaciones donde podría abordar algunos aportes que viene generando algunos pasos de transformación en el aula, la escuela, que uno va testimoniando desde el acompañamiento de las escuelas. Sin embargo, escogí la historia de Beatriz, porque este relato se encuentra relacionado con quien soy, mi experiencia docente y mi propia experiencia desde la labor que desempeño en la red de escuelas de Comunidades de Aprendizaje.

Para quienes pudieron observar mi apellido, soy peruana descendiente de inmigrantes japoneses, analfabetos en el idioma español y con abuelas que solo habían culminado su educación primaria en Japón.

Soy nieta de inmigrantes, lo que podría denominarse “nikkei de 3o generación”, en el país que considero mi patria: Perú. Fui privilegiada al acceder a la educación superior y luego ejercer como docente aquí mismo por seis años en Lima en instituciones educativas privadas y un año en Huaraz en un colegio público. Como citadina, experimenté la gran diferencia de ejercer la docencia en la capital y en provincia (por no querer mencionar la diferencia que se vive entre los colegios privados y públicos).

Para quien ha salido fuera de la ciudad a zonas rurales, podría deducir por sentido común que existe una brecha entre ellas, solo por mencionar una cifra de la misma en infraestructura en educación: con relación al acceso a luz, agua y desagüe, las escuelas que cuentan con estos servicios en el área urbana son el 80%; y solo el 20% en las zonas rurales. (UNICEF, 2014). Es decir, una brecha de 60 puntos porcentuales, más de la mitad.

En mi caso, no solo aprendí de estas cifras, por información estadística, sino también lo experimenté en mi día a día como docente en zona urbana de una provincia, cuando era difícil encontrar un interruptor funcional porque estaban dañados y que presentaban además un peligro para los estudiantes. Imagínense que como citadina estaba acostumbrada a encontrar interruptores de múltiples variedades y entradas para enchufar un aparato electrónico que usaba para mis clases, o la experiencia de tener que sostener la puerta en el baño, porque no tenía cerrojo que lo asegurara, eran algunas de las anécdotas que pasaba y me sensibilizaba ante las diferencias de acceso.

Según el ESCALE, en el 2017 el 84.7% de las adolescentes entre 17 y 18 años del área urbana han culminado la secundaria, mientras que en el área rural lo ha hecho el solamente el 53.1%. La tasa de deserción acumulada de estudiantes mujeres entre los 13 y 19 años en espacios urbanos es de 9.2%, mientras que en el área rural es del 16%.

Si bien, existe esta brecha en cifras algo dramáticas, mi experiencia como docente en provincia estuvo lleno de mucho aprendizaje, sobre todo de aquellos estudiantes, especialmente de alumnas que vivían en caseríos, bajo condiciones desafiantes y se movilizaban hacia la ciudad para acceder a la escuela. Recuerdo a Beatriz y me imagino qué estará haciendo ahora. Solo espero de todo corazón que siga levantando la mano ya no solo para dar su opinión sino para alcanzar sus sueños. Imagino su mirada y ese brillo especial en sus ojos que transforma todo.

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